¿Te quiero, te amo.. o ambas?

¿Te quiero, te amo.. o ambas?

El otro día en una conversación de esas donde se dispara la creatividad, tomando algo tras una larga caminata con unas preciosas vistas de Istán, Raquel, nuestra logopeda, planteó que no era lo mismo en nuestro idioma decir “te quiero” o “te amo”. Y, aunque para los españoles el “te amo” tiene una implicación algo cursi y cuando decimos “te quiero” a veces queremos expresar lo mismo, sÍ existe una gran diferencia entre ellos. Esta fue mi respuesta a su planteamiento.

El AMOR es desde mí, desde mi fuente de amor interna, hacia ti.

Querer es de ti para mí.

Al amar damos. Compartimos esa vibración que podemos alcanzar cuando estamos en conexión con nuestra esencia, cuando libres de miedos y los juicios defensivos que éste genera podemos ofrecer esa vibración al otro. En el amor no hay petición de nada de vuelta, el placer de dar es suficiente recompensa porque al emitir amor nosotros estamos en ese mismo amor. Y en el amor no hay juicio, no hay evaluación de quién da más o menos porque el amor es infinito y, repito, cuanto más lo doy más lo siento yo y más entro en un gozo pleno.

Queriendo buscamos (inconscientemente la mayoría de las veces) recibir. Cuando quiero algo ese algo está fuera de mí. Queremos cuando sentimos que nos falta algo y eso que nos falta tiene que ser satisfecho por algo, o alguien, externo a nosotros. Es el otro el que tiene que satisfacer nuestra carencia y por tanto el otro es el responsable de nuestra felicidad, cuando nos llena ese vacío que arrastramos de las carencias de nuestra infancia, o de nuestro malestar, cuando el otro no solo no satisface mis carencias sino que incluso reabre mis heridas.

Ahí es cuando nos autoengañamos al pensar “me haces feliz, no puedo vivir sin ti” o “me has hecho daño, eres el responsable de mi insatisfacción”. Y digo que es un autoengaño porque tanto el bienestar como el malestar residen fundamentalmente en nosotros. El otro puede ser el estímulo que facilita nuestra conexión con esa fuente de amor que reside dentro de nosotros, porque cuando amas ¿de dónde sale esa sensación de amor? El otro puede tocar heridas de cuando éramos niños que nos hacen sentir vulnerables y dañados, pero si no tuviésemos esa herida eso mismo (excepto en casos muy extremos) no nos daña. Y es autoengaño porque renunciamos a nuestra respons-abilidad, que es nuestra habilidad para responder ante los eventos que la vida nos pone delante, muchas veces para nuestra evolución.

El que ama es un adulto, una persona libre que puede ofrecer aquello que tiene de sobra, solo cuando nosotros estamos en amor hacia nosotros mismos podemos ofrecer esa vibración en libertad. El que quiere es un niño, que necesita la presencia del otro para sentirse seguro en una vida que siente que no puede manejar por sí mismo. Y como un niño lleno de miedo el “querer” es a veces muy tiránico y exigente. En nombre del querer (que no del amor) culpamos, agredimos, coartamos la libertad del otro, controlamos, nos adaptamos a lo que el otro desea, suplicamos, renunciamos a nuestros valores… al final simplemente tenemos miedo, mucho miedo.

Quizá la solución pase por la conciencia de esta diferencia. Que cuando nos descubramos queriendo en vez de amando, nos paremos un segundo a conectar con nosotros mismos y tomemos la responsabilidad de dar amor y seguridad a esa parte de nosotros que está herida y tiene tanto miedo. Que empecemos por amar hacia dentro para poder luego amar hacia fuera y también poder abrir el corazón para recibir amor que nos llega. Porque, curiosamente, cuando estamos en el querer y en el miedo nuestro corazón se cierra y eso que tanto pensamos que necesitamos y que anhelamos recibir lo boicoteamos, poniendo muros a una vibración que es demasiado alta para lo que podemos recibir cuando estamos en miedo.

Antonio de Dios González



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