El arbolito desde pequeñito…

El arbolito desde pequeñito…

En post anteriores hemos ido haciendo un recorrido por los deseos básicos y los deseos secundarios y dadas las muchas personas que habéis mostrado interés consultándonos acerca de los niños y niñas, queremos dedicar un post más a esos que con tamaños algunos más pequeños otras menos, engrandecéis cada día nuestra profesión y nuestro papel de madres, padres, abuelos, titas… Queremos dedicar una vez más unas palabras a los infantes, adolescentes y, cómo no, también a esos niños y niñas que viven en el interior de cada una de nosotras/os.

Siguiendo a Roberto Aguado y basándonos en nuestra experiencia y el trabajo que desde hace años llevamos realizando desde AVATAR PSICÓLOGOS, apoyamos la teoría de que cuando los deseos básicos no son realizados en la infancia con la ayuda de nuestro o nuestros referentes (generalmente padres y madres) crecemos con unas carencias que, como indicábamos en post anteriores, vamos supliendo con los deseos básicos secundarios dándonos una “segunda oportunidad”, una solución que, en muchas ocasiones, más que ayudar se convierte en un problema, en un sufrimiento.

A diferencia de los pequeños, los adultos cuando sentimos que algo no funciona en nuestras vidas ponemos en marcha unas señales de alarma que nos avisa de que algo “no va bien” y podemos hacer uso de nuestras herramientas de mayores para pedir ayuda y encontrarla dentro o fuera de nosotros/as. De algún modo, es más comprensible socialmente que nos sintamos tristes, deprimidas, llenos de miedo y expresarlo a otros adultos que, en momentos determinados, nos puedan “acompañar” para volver a “coger” las riendas de nuestras vidas.

Quién de nosotros, tras un día intenso, no se ha parado a observar a un niño o a una niña en su camita durmiendo y ha pensado irónicamente alguna vez: “qué vida más dura”, todo hecho, sin responsabilidades…

Socialmente nos cuesta aceptar que puedan estar profundamente tristes, deprimidos, que les afecten separaciones “con lo bien que lo estamos llevando y sin haber llorado en ningún momento tras la noticia”, que se vuelvan más rebeldes con las llegadas de nuevos hermanitos y hermanitas “con lo bueno que era mi niño y las ganas que tenía de su hermanita”…

Aunque cada vez los adultos somos más conscientes de permitir que nuestros pequeños expresen sus emociones, será muy complicado que, como podríamos hacer los mayores en muchos casos, puedan verbalizarnos que tienen miedo. Por ejemplo, si una vez la madre que lo vio nacer lo abandonó, su cerebro emocional grabará a fuego que tú que eres su madre adoptiva también podrías; les cuesta explicar con palabras que están terriblemente tristes porque en el colegio le insultan o porque escuchan diariamente las cosas que hacen mal y no saben de qué otro modo hacerlo para escuchar un refuerzo positivo de sus referentes.

Por ello, en vez de expresarlo claramente con palabras, su cerebro que es muy sabio y vela por su supervivencia empieza a crear señales de alarma que hará que los adultos estemos más pendientes de ellos y ellas para tras “dar palos de ciego” ser conscientes de que algo no va bien.

¿Qué tipos de señales? Es muy habitual que a consulta acudan familias preocupadas porque el rendimiento académico de su hijo o hija haya disminuido considerablemente indicando que ya han trabajado con una profesora particular técnicas de estudio, responsabilidad, organización, concentración… sin mejora alguna a pesar de que el pequeño haya puesto mucho de su parte. Es habitual también las consultas de padres y madres que indican que tras un control adecuado de esfínteres desde los 2 años, de repente, la hija/o vuelve a hacerse pis en la cama situación que además le afecta socialmente porque no quiere quedarse a dormir en casa de las “amiguitas/os”. Más ejemplos habituales que rescatamos son los siguientes: le duele mucho la cabeza, la barriga, se marea… Hemos ido o estamos acudiendo a numerosos especialistas médicos que nos indican que a nivel orgánico todo va bien; las famosas rabietas y las mentiras, justo cuando más apuro dan ¡en el parque!, ¡en la tienda!, ¡en el cumple donde están los demás niños y sus respectivas madres! (qué pensarán, qué vergüenza), ¡delante de los suegros/as, los abuelos/as que en no pocas ocasiones aprovechan para decirnos…“si es que a los niños de hoy se lo consentís todito todo, luego pasan las cosas que pasan…” (Siendo luego ellos/as los que más mimos y más privilegios les dan, dígase de paso cariñosamente y haciendo un paréntesis para halagar a todos los abuelos y abuelas que ayudan a sus hijos e hijas a criar a los nietos/as).

Como vemos, son solo unos pocos ejemplos de las muchas señales que, descartado el origen orgánico e intervención médica, dejan entrever que algo en la vida del pequeño/a le genera inseguridad y pide “sin gritar, gritando” que un adulto lo contenga, lo comprenda, lo “abrace”, le ponga límites desde el cariño, le transmita que lo quiere incondicionalmente aunque le regañe, que le dé una segunda, tercera y hasta cuarta oportunidad (para que de mayor no tenga que inventársela…), permitiéndoles como dice John Gray “equivocarse para que puedan autocorregirse, aprender de sus errores y alcanzar un mayor éxito”.

Trabajar con los niños/as es un lujo pero, permítanme que les diga, trabajar con sus padres y madres, con vosotros/as, es aún mejor. Los objetivos que nos proponemos en equipo con un compromiso de participación mutua, vislumbra resultados positivos mucho más rápido que si se trabajase solo con los pequeños. No olvidemos que sois sus figuras referentes responsables de que puedan cumplir sus deseos básicos y, sin duda, las personas que le pueden aportar la mayor seguridad y amor posible.

Es gratificante encontrar familias sin miedo a pedir ayuda y abiertas a encontrar juntas nuevos caminos que les permitan conseguir lo que se proponen convirtiéndose en los padres y madres con el éxito que siempre han deseado. Familias, que tras tocar fondo aprovechan la profundidad y su base sólida para flexionar una vez más sus piernas e impulsarse con todas sus fuerzas e ilusión y volver a intentarlo de otro modo.

Porque, ser los buenos padres y madres que deseamos no es fácil ¿verdad?, lo sabemos, nadie nació sabiendo ni tampoco se dignó nunca la cigüeña a traernos el manual de instrucciones para hacer bien nuestro papel y ponérnoslo “chupado”, de eso nada, curiosidad de la vida de la que nos alegramos mucho porque ese “no saber sabiendo” es, precisamente, el regalo más maravilloso, es la magia de ser padres o educadores, vamos creciendo como personas, vamos mejorando cada día mientras ayudamos a nuestros arbolitos a que se hagan mayores, a que crezcan seguros de sí mismos, apoyados en una raíz fuerte capaz de soportar las bienvenidas tormentas, huracanes y plagas, esas experiencias que bien procesadas a nosotros/as nos hicieron ser del “tamaño” que somos, experiencias que, desde pequeños les ayudan a que su autoestima se desarrolle, a que aprenda a frustrarse, aprenda a ser asertivo para conseguir lo que desea a que sea responsable de lo que está en su mano y no se centre en lo que hagan los demás.

Y si esto es lo que queremos y lo que deseamos, ¿por qué parece que en no pocas ocasiones conseguimos lo contrario? En muchos de los cursos impartidos a familiares y docentes, Antonio de Dios transmite un mensaje corto pero que consideramos muy impactante para abrirnos a la reflexión: “Si para alcanzar un objetivo que deseas con todas tus fuerzas haz probado una y otra vez y otra y otra la misma estrategia sin conseguir lo deseado, va siendo hora de que pruebes a hacer algo diferente”.

¿Cuántas veces has comentado que por más que lo intentas hablando o castigando a tu hijo o hija sigue portándose mal…? Qué tal si probamos algo diferente, puede que la herramienta sea la idónea pero quizá debemos cambiar aspectos que se nos escapan, el tono, el tiempo, la consecuencia a corto plazo, el regañar desde la seguridad y no desde el enfado…

Vivamos nuestra labor de cuidadores y educadores como si fuese un experimento, en el que todo va a salir bien. Por tanto, no tengas miedo de experimentar con estrategias nuevas, libérate del pavor a equivocarte porque cuando las cosas se hacen con el amor extraordinario que sentís las madres, padres, familiares, profesionales… es imposible fallar. Recuerda que cada vez que algo no funcione y seas consciente de ello, será una estupenda oportunidad para promover el cambio utilizando otras herramientas. Recuerda que con cada “error” transformado en una nueva oportunidad le estarás brindando un ejemplo a los más pequeños que interiorizará y le hará sentir que puede equivocarse y no por ello es menos válido, que todos podemos equivocarnos y volver a intentarlo mil veces más.

A través del ejemplo, educamos a nuestros hijos/as, así que si alguna vez le has exigido que reconozca un error pregúntate antes si delante de él o ella te atreviste a reconocer que tú te equivocaste ese día; si alguna vez te preguntas por qué nunca pidió ayuda y nunca te lo contó, haz una reflexión sobre las veces que tú te atreviste a pedírsela a otros/as, recordemos que con cada ejemplo le enviamos un mensaje, permitamos que nuestros niños, niñas y adolescentes asocien el pedir ayuda a ser valientes y que como tú, su referente, ellos/as también podrán hacerlo si alguna vez lo necesitan.

Démosles primero lo que esperamos recibir.

Terminamos este post dedicándoles estas palabras a todas aquellas personas que con el papel que les “ha tocado” acompañan a los más pequeños y adolescentes en la difícil labor de la educación y la salud; a esas sonrisas infantiles que llenan de luz y alegría nuestras almas cada día siendo el motor de muchas vidas; y, especialmente, a un vecino muy querido que precisamente hace unos meses, antes de decirnos adiós para descansar en paz, me regaló con sus palabras y emoción la reflexión de que son muchos los barcos cuyo motor son los niños y niñas:

A Manolo, le encantaba cada fin de semana navegar con su barco por las aguas malagueñas de Fuengirola y hace unos meses le sorprendió una enfermedad que lo dejó tumbado, su mujer me comentaba en la escalera que lo que le daba tristeza era no poder ver a su nieto y a su nieta y recogerlos del cole. Un día, lo encontré dando un paseo y tras preguntarle cómo se encontraba, me comentó con ojos brillantes llenos de luz “yo no sé qué me pasa con estos niños/as, hoy he hablado con la mayor y me ha dado la vida…”.

Y es que citando a John Gray en su libro… ¡“Los niños vienen del cielo”!

En recuerdo de Manolo, un hombre ejemplar y un abuelo sin igual.

Estefanía Escudero



  1. Rocío Sevilla Says: octubre 7, 2014 at 9:00 pm

    Enhorabuena Estefania!!!!! Es un placer leer esto. No soy mami, pero soy Tita de dos alucinantes personitas que me llenan de vida con una sonrisa, con un besillo, incluso la más peque, con sólo 5 meses, dejando su “babilla” en mi moflete!!!!!! ….. En todo lo que dices tienes razón…. Maravillosas palabras!!!!! GRACIAS por invitarnos a la reflexión con estas palabras tan preciosas….

  2. maria del mar Says: octubre 7, 2014 at 9:35 pm

    Pronto tu también podrás notar muy de cerca que en verdad vienen del cielo aunque a veces parezcan”diablillos”un beso muy grande.

  3. Elena Martínez Says: octubre 8, 2014 at 8:48 pm

    Muy bonito Estefania. Totalmente de acuerdo.

  4. César Herrera Says: octubre 10, 2014 at 12:09 pm

    Oh, gracias por invitarnos a la reflexión y a intentar que lo que nos afecta y limita a nosotros no los límite a ellos. Gracias

  5. Totalmente de acuerdo. Existen todavía muchas familias reacias a pedir ayuda, aún cuando los síntomas son evidentes. Acostumbrada a trabajar con niños (y de rebote, con adultos) puedo decir completamente convencida que no hay mejor profesión que la que te permite estar rodeada de trocitos de infancia.

    Saludos!

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